EL PASO DE CEBRA


 

El 22 de diciembre de 2025, "Día de la Lotería", murió  Alfonso Toronjo, Sito, el vendedor de pañuelos que hizo del paso de cebra, situado en Santa María de la Cabeza, su oficina. Su amigo el de la gasolinera, recuerda su vida marcada por una frase: -“ Si la calle es dura, yo lo soy más”.  Se dedicaba a vender pañuelos a los conductores, cuando el semáforo se ponía en rojo. Un oficio en el barrio de Arganzuela, que a Sito no le quitó la sonrisa. Siempre con su litrona… No entró a trabajar en la gasolinera por no  cortarse el pelo. Es lo que tiene la vida en la calle. O junto a un contenedor.  Vivir o sobrevivir en esa España invisible que nadie quiere ver. Detrás de cada una de esas personas hay todo un mundo. El espacio les va involucrando en la medida que lo hacen suyo. No sólo viven en el paso de cebra, sino que habitan en él. Ése es su fortín, su castillo inexpugnable. Con los años, se adquiere una identidad callejera donde están expuestos todos los paisajes: la pérdida, el abandono, la desprotección, el olvido, incluso la muerte. Pasarse unas horas vendiendo pañuelos en un paso de cebra es observar y observarse, saber mantener una relación con los demás y no olvidar las estrategias de supervivencia.  

La calle, su música y su letra, canciones que suenan sobre el asfalto y que son la caja de resonancia de la vida en común. Uno que se acerca con su bici; otro que saluda desde la farola… Isabel, la del quiosco de prensa, que te llama porque tiene un café para ti en un vaso de plástico… La gente conocida que entra  y sale del portal, que va a la compra, a los recados,  que viene a ser tu familia. Te echan de menos, los necesitas, y además te aprecian. Qué mejor noticia y qué mejor lugar que ése para trabajar cada mañana… Sin contrato, sin horario, sin una silla para sentarte, sin un techo que te dé cobijo…, pero  donde, durante esas horas, nunca estarás solo. Se oyen “los buenos días”, nada más pisar “el territorio que nos pertenece”, y empieza la mañana, que trae su encanto. Un paquete de pañuelos por un euro; tres paquetes, dos euros. Es la oferta. La primera hora es un ensayo de cómo va a ir el día. La del portal de enfrente te trae una bolsa con ropa usada, para que te la pruebes. No hace falta preguntarse nada. Solo hay que dar las gracias. Otra te regala unas zapatillas de Decathlon. Y son de tu número. Qué bien… Tienen muy buena pinta… Con éstas te jubilas en el semáforo, en el contenedor o en el paso de cebra, cuyas rayas siempre tienen cierto peligro, como cualquier safari. La calle te ha elegido y tu jornada termina sobre el mediodía, que es la hora de ir al comedor municipal, donde siempre hay un plato de sopa, que calienta la herida.   Comes y trabajas y vives en silencio, enmudecido por dentro, no porque sientas vergüenza, sino porque necesitas escuchar la verdad a cada minuto, la verdad que te habla, que te ayuda a soportar los días, sin desfallecer.

Hoy es sábado y la lluvia dibuja una sonrisa en cada semáforo de la capital. Al cielo se le ven las enaguas y los muertos de las guerras. Hoy está algo gris. El resto de noticias traen algo de vértigo. Y qué decir si te da por escuchar las emisoras extranjeras… O un partido del Boca Junior por las ondas de FM La Boca 90:1. Es otra dimensión, en todos los sentidos. Sobre todo cuando andamos algo despeinados, bastante distraídos y estamos solos ante el peligro, tal que Gary Cooper antes de subir a los cielos y sin Pilar Miró. Lo bueno es que hace un día perfecto para aprender, teniendo en cuenta el alma tan errante que tengo, a la que un día le da por estar en un sitio y, cualquier sábado, como el de hoy, le da por estar con el ojo abierto para ver lo que viene, o lo que  trae el día, porque los sábados suele actuar la mano izquierda de los dioses, y yo de los zurdos y de los pelirrojos me fio menos que de esos que tienen las señales de los hijos de su madre, unas marcas que ya subrayó Camilo José Cela en su Mazurca para dos muertos. A saber (no recuerdo todas, que, de no equivocarme, eran siete): el mirar huidizo, las manos blandas, la barba rala, la cara blanca, el pijo fláccido… Vamos, un muerto viviente,  y haberlos, haylos (o habelos hainos). Resumiendo, que hace un día perfecto para fumarse un puro, cuando ya no fumo. Pero no por fumar, sino por echar humo, que siempre nos trae el hilo dramático de la historia: Fumando espero, al hombre que yo quiero… Tras los cristales de alegres ventanales…”, se oye cantar a Sara Montiel, siempre tan Saratísima.

 


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2 Comentarios

  1. ¡Qué bonito escribes!
    Si lo leyese Sito … se emocionaría.
    ¡Me encanta!

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