LA IDEOLOGÍA SOBRE EL CAMPO DE BATALLA

 

El chicle sale de la boca, vuela por los aires y cae al suelo, donde es pisoteado con rabia por la multitud. El gobierno de los EE.UU le escupe al mundo y tensa las relaciones, pasando por encima de las leyes internacionales. El poder se ha convertido en un carnaval y el mundo en una montaña rusa donde el jefe de la tribu es llevado en volandas como un héroe. Cuando salga por las televisiones norteamericanas  la panorámica de los horrores perpetrados por su soberbia y su incompetencia,  será lanzado al aire convertido en un pelele de trapo, que caerá a la lumbre, donde arderá para siempre.

El chicle sale disparado para que quede libre la boca, esas fauces que han puesto de moda lo grotesco y la obscenidad. La boca excesiva, indecente, con una retórica llena de estupideces que acrecientan la gula, la invitación al vómito, porque cuando se le escupe a la tierra, uno se escupe a sí mismo. El volcán que ruge, que amenaza, que increpa… Las cenizas lo cubren todo y es necesario cubrirse el rostro para evitar los gases tóxicos. El volcán comienza a expulsar la lava… No estoy describiendo un tsunami volcánico, sino la realidad poética del día a día. 

El murmullo del agua acalla el ruido de las armas. Vuelve a llover. El agua calma la sed de unos, mientras otros proclaman, escondidos tras los cristales y rodeados de gloria,  la destrucción. Como ha dicho la congresista IIhan Omar “a Trump le gusta escupir su ideología fascista sobre el escenario”.

Mensajes mesiánicos, visiones maniqueas del mundo y bufones que amplifican la crisis mundial del capitalismo. Cada uno de ellos trabaja por una sociedad elitista y autoritaria. Quienes no sigan sus patrones, serán silenciados. Se trata de difamar y desacreditar al contrario. Manejan los países como si fueran negocios o empresas. Como asegura Christian Dürr “tenemos que evitar ser gobernados por estos payasos del horror”.

Arde el mundo y, mientras nosotros pedaleamos en la bicicleta estática, caen las bombas y  la barbarie sobre los tejados, sobre las cuerpos de miles  de inocentes. Tiembla el mundo a cada explosión, mientras la sangre discurre calle abajo, mezclada con la lluvia, el barro, el odio y la brutalidad. Arde la misma calle por donde antes salía el sol. También el mapa con los objetivos, una vez que estos han sido bombardeados. Quinto día de guerra, con un cielo irreconocible, turbio..., una voz ronca,  y una mirada triste sobre la devastación. “No a la guerra”, cuando estamos a las puertas de una III Guerra Mundial. Consignas e intereses. Todo mezclado. La vida y la muerte, a un palmo de distancia, un fino hilo que se puede romper en cualquier momento. Y llega otro ataque. Otra guerra fría. Y otra película en la retina: Teléfono rojo volamos hacia Moscú. Hoy, es Oriente Próximo; mañana, las narcolanchas del Caribe. La guerra que viene y el Derecho Internacional tirado en el suelo, en un rincón de la ONU.  La guerra por días, en imágenes, con los reporteros cubriendo cada conflicto, protegidos por un chaleco anti balas. En 2025 fueron asesinados más de 130 periodistas. La prensa le estorba a los ejércitos asaltantes. Intercambio de prisioneros, de cancillerías y de cromos, cuando lo pactado nunca es un acuerdo de paz, sino una primera fase en la que, por norma, siempre se exige cualquier antojo o capricho que se le ocurre a la fiera.  Paso a paso. Trinchera a trinchera. Y un número concreto de  objetivos: ya sean edificios puntuales y marcados en la hoja de ruta o en el plan de ataque. A continuación, llega el toque sutil, según se vaya desarrollando la guerra en cuestión. Entonces, entra en juego la manipulación de las consignas y de la información, que siempre le hacen  temblar a las bolsas de medio mundo, un mundo  en llamas, en tanto que,  en los teatros de esa ciudad aún en pie,  se  representan también unas cuantas obras en llamas, qué curioso,  teatros de guerra donde el escenario viene a ser el campo de batalla: Ay, Carmela (1986), de  José Sanchís Sinisterra, en el Gran Teatro, con dos pases: el primero, a las siete de la tarde y, el segundo, a las once de la noche;  Noche de guerra en el Museo del Prado, de Rafael Alberti, en los teatros de El Matadero; y, por último,  y ójala y tengamos suerte y podamos conseguir una entrada, porque hay una cola que redobla la manzana,  Los Persas, de Esquilo, una obra tan recurrente y tan actual, con una sola  sesión las veinte horas, en el teatro La Muralla del Califa. Son las distintas ofertas de la cartelera, por si con eso ayudamos, en parte,  a lograr la paz. La última de  las obras de esta relación  es un texto antiguo que nos habla del presente. Merece la pena ir al teatro a aprender algo del ser humano, sin necesidad de ir a la guerra.

 


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