Llega el susurro del tiempo, la orquesta de la
naturaleza tocando la sinfonía del día, que trae amaneceres grisáceos y algo
fúnebres. Voy hacia la muñeca para mirar la hora. Sé que los relojes no
tienen nada que ver con el tiempo, sino con el estilo y con la historia, y que
muchos representan la elegancia atemporal de nuestros días, una elegancia
que desgraciadamente se va perdiendo. Con los años, cada reloj, se convierte en
nuestro compañero inseparable, que vive dormido hasta que suena la
alarma.
Los relojes secretos de la época de Napoleón, los
relojes serpientes de Bulgari, aquellos otros de Chopard o Damiani…, joyas
de la relojería que evocaban magia y misterio. Los relojes del siglo XVIII y
XIX, secretos y no tan secretos, ese tipo de reloj clásico,
vintage, con la correa envejecida y un tono neutro, distinguido, tal vez...,
perfecto para la ocasión, y que nada tiene que ver con el reloj de sol, que es
el testigo mudo del tiempo. Hablamos de ese objeto magnífico, antes de que
fuera inteligente, que venía a ser todo un alarde de ingeniería,
exclusivo y conectado al romanticismo del pasado, a los tiempos en los que
estaba mal visto que una mujer mirara la esfera de un reloj para consultar la
hora en público, no fuera a parecer que se estaba aburriendo.
El reloj, los relojes; el lujo. También el prestigio o
la vanguardia de la innovación. El reloj de arena o de agua, o el último
modelo, todo un capricho para que nos hiciera compañía, siempre tan neutral,
como los suizos, que tienen la mayoría de las patentes bajo llave, y cuya
belleza es parte del ser humano, sea de hombre o de mujer. Relojes… Al hacernos
a la mar o al cruzar el desierto. Brújulas, manecillas…, el reloj mundial, el
tiempo universal, la hora exacta...,porque lo que se buscaba era la forma de
atrapar el tiempo, aunque la demostración se hiciera con un reloj de cuco, que
siempre sorprendía a los niños. En Triberg, junto a la Selva Negra, en la
tienda donde se venden, hay más de mil relojes de cuco. Unos y otros, todos, lo
que buscaban no era otra cosa que la perfección, aunque hay rincones en
los que no son necesarios, puesto que en ellos el tiempo no existe. Es más,
si miramos de cerca la actualidad, podríamos decir que los relojes tienen
las horas contadas, porque el problema de los relojes y de la dilatación del tiempo,
como venía a decir la batalla dialéctica que mantuvieron durante años Bergson y
Einstein, era que si
se mandaba un reloj a una gran velocidad a un viaje por el espacio,
mostraría una discordancia con un reloj que estuviera situado en la Tierra. Así
lo aseguraba Bergson. Y es que, desde entonces, las brechas entre la filosofía
y la ciencia siguen abiertas, puesto que la segunda de ellas sigue acusando a
la primera de ser poco rigurosa. El punto intermedio en esa discusión caería
del lado de Jimena Canales, física e historiadora mexicana, que, en su libro,
intentando acercar posturas, dice: “Podemos considerar nuestro universo tan
lleno de relojes, ecuaciones y ciencia como de sueños, recuerdos y risas”.
¿Tienen los relojes algo que ver directamente con el
tiempo? De pronto, lo primero que se me ocurre es decir que son los
instrumentos diseñados para medirlo, teniendo en cuenta que cuantificar ese
transcurrir no quiere significar en ningún caso hacer tangible algo que es
efímero. Pero, por contestar a la pregunta, bastaría con la idea de considerar
al tiempo, más concretamente, al paso del tiempo, un recurso narrativo,
al que le sigue el plano detalle, que es un recurso de montaje… Y poco a
poco entrar en una dinámica imparable... Ir y venir en el tiempo..., del
pasado al presente y, de ahí, al futuro..., utilizando flashback, el flash-forward,
yendo directamente de un mundo futurista a la ciencia ficción…, donde
quizás los relojes se conviertan en un símbolo de poder para manipular el
tiempo y, por fin, atrapar ese instante con elegancia y calidad que se merece.
Y llega la oportunidad ineludible: las manecillas que giran, la
vida a remojo, los relojes que se ajustan al cambio de hora, la conciencia
también... El de cuarzo que lo está petando..., toda una sorpresa, tan
elegante, tan barato..., elaborado con materiales asequibles…, un reloj
aparente, funcional, y además bonito. ¿Alguien da más...?
“Perdona, ¿qué hora tienes…?”, pregunta un chico. Le
digo la hora exacta, la que marcan las manecillas del reloj, teniendo en cuenta
que también se pueden atrasar o adelantar…, porque nada ni nadie es perfecto.
El hecho es que es el reloj, y no otro objeto, es el que le da algo de estilo
al tiempo, a ese tiempo que pasa, o que vuela..., ya que su misión,
a menudo, no es funcional, sino puramente estética (la del reloj, quiero
decir), pero que, con los años, y sin pretenderlo, ha ido dejando un poso
en nosotros, además de una carga emocional: - “Este reloj era de mi padre. Fue
su herencia. Le tengo mucho aprecio”. Palabras de respeto y cariño por el reloj
y por el padre, desde la profundidad del alma. Es lo que tienen los regalos:
una conexión emocional por los momentos compartidos.
Muere el tiempo analógico y aparece el tiempo digital.
Relojes de plástico, automáticos, vanguardistas…, sin contar los plagios, las
réplicas, o los que van de regalo con los paquetes de galletas, también en los
sobres de cromos o en el huevo Kinder. Y funcionan, aunque solo funcionen un
día o dos, pero dan el pego. Del tiempo o de la biblia en verso pasamos al
tiempo en prosa; del reloj de cadena al cronómetro, que sirve hasta para
detener el tiempo. “Toda generación capaz de parar el tiempo es que no sabe
adónde va…”, así reza la pancarta que hay en la línea de salida de esta
carrera por la vida.
El reloj ha hecho un viaje desde la perfección del
diseño y el lujo hasta el de las agujas infravaloradas. Nos referimos, claro
está, a los que todavía tienen agujas, ya que la mayoría les han reglado
las flechas a los participantes en las competiciones olímpicas de tiro
con arco. Son los relojes baratos de usar y tirar, porque, no lo
olvidemos, el tiempo siempre es el que pone el precio, aunque solo se
trate de medir unos segundos, unas milésimas de segundo…, en las
carreras, en las citas, en las reuniones…, ya que el tiempo es oro, como reza
el eslogan, y cotiza en Bolsa, y se repite todos los días, y a todas
horas..., hasta que el viento no deja ni rastro de él. Y del reloj
tampoco. Porque..., por haber.., hay hasta relojes suizos con alma cubana
y corazón de piedra. Lo que oyen... Al enterarme, me he quedado también
de piedra. Es la colección Cuervo y Sobrinos, con cuatro
relojes nuevos: el Green Turquoise, Red Jade (para la mujer
poderosa), Ligh Blue Sundstone y el Tiger Eye, con un precio de
56000 pesos cada uno, es decir, unos dos mil euros por unidad.
Colecciones aparte, lo que hoy toca o lo que se
impone es un tiempo sin relojes, ya que el tiempo no es más que una ilusión,
puesto que se origina en un mundo físico. Al final, lo que realmente quedará no
serán más que un montón de esqueletos: de relojes y de seres humanos. Cuando
uno de ellos haga ¡¡¡riiinnnggg!!! y nos despertemos en
un mundo distópico por el que nos hemos dejado la piel y la vida, nos va
a entrar el canguis al comprobar que aquello no es más que una ilusión: otra.
Qué ingenuos somos…


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