Suenan
las primeras notas de este equinoccio de marzo en el preciso instante en el que el
sol se ha escondido, asustado por una nube. Al alba, ya se escuchaba el latido de la primavera,
cuya portada estaba llena de belleza. La mañana, con las horas, se ha ido poniendo
delicada, mientras se iban acumulando imágenes de lo que fuimos. Los recuerdos aparecen al despertar, saliendo de la noche, y
entran en esta mañana tierna, que anuncia lluvia.
Llevamos días dándole vueltas a la metamorfosis. Cambiamos
las fundas de los cojines por otras de colores más llamativos; empapelamos las
paredes con el beige como base y dejamos las flores para los zócalos; y sacamos del armario unas cortinas, algo más ligeras. Los hogares piden luz, manteniendo la sencillez. Y
las alfombras, necesitan un descanso. Vuelven las sensaciones: en la casa y en los
cuerpos. Placeres y libertad. El algodón da paso al lino, y el salón lo
agradece; y las camas, también. Sin olvidarnos del jarrón, con alguna orquídea, así como de llamar al jardinero, tan fiel como siempre, capaz de convertir la selva del
patio en un jardín secreto, espléndido y vigoroso, con las rosas fascinando a la concurrencia con
sus rojos y ese olor tan potente que llega hasta la pituitaria, el perfume de la rosa, tan femenina,
que se exhibe, que se abre, que se cierra, que se adorna como una Nefertiti
faraónica, rebelde, adolescente, esperando a que los pétalos la vistan para ese desfile que tendrá lugar en mayo.
La
primavera, tan delicada, que me mira, a la que observo, para retratarla. La
primavera, bordada con sutileza, minuciosamente, por los hilos de la vida, que
comienza a desnudarse bien temprano, tras esos cielos estrellados y ese trajín
de planetas, entre Venus y Júpiter..., la estación que se lava la cara en los arroyos,
haciéndose de pronto joven, cargada de pasiones y músicas, de idilios y
amores, hasta el punto de obligarle a Vivaldi a que se marque una genialidad.
Comienza el Allegro, en Mi Mayor, y llega la magia: entre los juncos, aparecen los sentimientos,
cuando éramos jóvenes. Aquella tarde, a la salida del colegio, en las afueras, muy
cerca de la ermita de la Virgen, junto a un arroyo cubierto de matorrales, por cuyas aguas pululaban los
renacuajos y las ranas, y tu presencia de adolescente se hacía realidad sobre la yerba entre las demás
chicas, y tu mirada silenciosa, enigmática, inolvidable, que se elevaba hasta la mía y después se perdía por las copas de aquellos chopos en hilera, cuando la tarde hacía que me muriera de
sed, o de deseo, a pesar de la edad…, o debido al clima, al cielo del atardecer, a tu presencia, a todo, por todo.
Siempre
hay un principio, un conflicto, una atmósfera que envuelve los sentimientos. La
tarde se inclinaba sobre el despertar sexual y las canciones de la época que sonaban en el radio
casete, mientras continuaba la hoguera interior entre aquellos dos
adolescentes, que éramos nosotros, tú y yo, hipnotizados el uno con el otro,
donde sobraban las palabras y faltaban los besos. Pero estaba el grupo de amigos, al que nos debíamos, también al juego de las adivinanzas, a las risas, que, a la mañana siguiente, dada la proximidad
de los ejercicios espirituales en las aulas, se convertirían en rezo y rabia contenida, con el corazón en un puño y el dogma estorbando, como siempre, cuando la vida se reducía a amar,
aprender a amar, con las lágrimas de impotencia en un rincón del
instituto. Siempre hay una muralla que saltar. Y una palabra que borrar. El
dogma se imponía y la fe se me caía por los agujeros de los bolsillos. La
cuaresma, la vigilia, el ayuno y la abstinencia, y aquellos “sotanosaurios”
encerrándonos en aquellas cárceles psicológicas… ¡ Deseaba verlos desaparecer! Tenía catorce años, estudiaba cuarto de bachiller y temblaba ante la cercanía
de lo sagrado. También cuando se cruzaba conmigo aquella muchacha adolescente por
alguno de los pasillos o al salir de clase, que aprovechábamos para hablar un instante. Era mi vitamina, el calcio necesario, el alimento de mi particular
contrarreforma, la luz, mi sueño.
La
tierra se va engalanando para la llamada de la primavera. La gata maúlla, el pájaro
canta, las nubes se levantan, y el chaparrón que llega. Se cumplen los
pronósticos y la voluntad de los cuerpos, que, desde anoche, andan todos en
celo. El equinoccio de marzo trae entusiasmo y algo de irrealidad, por aquello de
llevarse el miedo a un rincón. Huelen los campos y los montes. Y el
tiempo se abre para que pase la vida, que, en estos meses, suele traer muchas
palabras, y muchos deseos, y demasiados caprichos. La soledad se termina con la
siesta y el silencio con los ronquidos, tras el placer. El lenguaje es otro y
el erotismo es un dibujo que hace el deseo en la penumbra de las habitaciones, cuando estamos desnudos.
Esta
tarde volveremos al río, entre los
juncos, donde empezó todo, cuando entonces.


1 Comentarios
¡Qué manera más bonita de hilarlo todo!
ResponderEliminarLa belleza de la primavera, los colores, la juventud, el deseo…
Menuda prosa poética te has marcado.
“Llorar de impotencia”, la vida diaria y la impuesta…
Me parece sublime este artículo.
¡Me encanta!