La
sociedad se desliza por el individualismo como si se deslizara por el tobogán
de un parque temático en un viaje a través del tiempo, en claro homenaje
a Julio Verne y a H.G.Wells. Ante el
materialismo reinante, se busca regresar como sea a la ficción antes de caer en
las redes de la espiritualidad. Algunos,
para evitar dicho destino, se pasan la mañana en el gym o en el ring del
barrio, que es el cuadrilátero donde pelean los pesos pesados. El ring marca
tendencias. Hemos pasado del retrato
íntimo a los espacios donde se intercambian ideas para dar visibilidad a distintas realidades que componen la vida
cotidiana. Es la puesta en escena de finales y principios de mes, una perfomance que los organizadores llevan días preparando, mientras juegan una partida con las distintas formas que hay de hipocresía. A este montaje, en un acuerdo sin precedentes, que yo recuerde, se ha tenido a bien denominarlo “Tejer
redes”, que es una forma de despistar al
ala dura de la ciudadanía. Y, para ello, se han pasado unas cuantas mañanas corrigiendo el
discurso y viendo cuál es la forma idónea para que entre más fácil, o sea, que “pase
inadvertido o sin sentirlo como pasa un hueso de aceituna", recalcan. Los colaboradores y voluntarios han estado dos
fines de semana con la aguja y la malla tejiendo redes para la pesca de trasmallo y de
atarraya, tan antiguas, sin olvidarnos del anzuelo, la trampa y el señuelo. Hace ya días que está
todo más que preparado. Ahora solo queda
esperar a que entre el pescado. Pero no
se pesca en el mar sino en el ágora, donde, con unas alianzas muy sólidas, lo
que caerá en las redes el próximo fin de semana no será pescado sino ciudadanos, atrapados por un
entramado de coincidencias, muy estudiado.
La
moda o el presente es “Tejer redes”, también mentir en sede judicial, ya que la
mentira en sede judicial se vuelve añeja como el coñac de años y además queda
impune, ya que, hasta el momento, esa reincidencia, que casi se ha convertido
en una tradición, ha salido ilesa. Lo
vemos a diario. De esto ya se encargan los chef en la cocina de los poderes, que dejan el
menú del día a un lado y se ponen manos a la obra con los platos que trae la carta. Se
juzga a la carta. La decepción es tan grande que no acuden ni los de la
estrella Michelín. A los inspectores de la estrella no les gustan los funerales
sino los fogones, en vivo y en directo, y, según dicen los que conocen el tema,
nada más sentarse tiran al suelo un tenedor, que es como tirar la Tizona,
la espada mítica de don Rodrigo Díaz de
Vivar, el Cid, que era su puto amo, por no decir que era un mercenario que se
puso a las órdenes de diversos caudillos, tanto cristianos como musulmanes.
Pero ya sea el tenedor o la espada, lo
que queda claro es que cae algo, y que, la gracia, el don, está en la forma de
recogerlos del suelo, porque es ahí donde se ve la distinción, la
elegancia, la aportación personal, y..., la
merecida copa, el premio, la estrella. Lo
que se premia es la calidad, la manera de hacer. Pero hasta que llega ese
momento, hay un silencio incómodo. Lo hemos visto en reportajes o en las
películas sobre el héroe. El triunfo tiene sus tiempos y siempre parte de una
buena crónica. A veces gana el optimismo. Pero, en un principio, como pasa con
casi todo en la vida, el objetivo de la Guía Michelín no era la gastronomía,
sino hacer viajar a la gente, proporcionándole una guía que facilitara sus desplazamientos. Es lo de siempre: uno empieza de botones y termina de director
de la sucursal o de la empresa. Lo importante no es cómo se empieza, sino cómo
se termina. Pues igual es esto de “Tejer redes”, empieza con un proyecto y, al
año que viene, termina en una ONG o en
una fundación, que siempre se hace una cosa para tapar otra, o con un puro se enciende otro, el caso es que no pare la
rueda, en tanto se evitan las preguntas inoportunas, que son las que suelen
aparecer en cuanto paramos el carro, porque parar el carro es como detener el
tiempo, detenerse, detenernos..., temerosos de que algo no funciona..., porque entonces se
nos ve el plumero, como se le ve el plumero a las siglas del invento y a los
invitados, ya que lleva ya unos días oliendo a podrido. Y aparecen
las víctimas. Los procesos de disociación tras la hecatombe son todos muy
parecidos: suele haber un villano, dos que no sabían nada, un cómplice, otro
que se ha librado de la quema por los pelos, una secretaria que no tenía ni
idea de la que se cocía, un taquígrafo que era eventual, un abogado que tenía
los papeles bien atados y el camino de regreso a casa limpio, consciente de su
papel…, y, en fin, que salvo el destrozo económico, las deudas y la quiebra,
que ya se resolverán echando de nuevo mano del tiempo, que siempre es el
encargado de borrar los tachones, por lo demás, aquí paz y esto es gloria, y..., por qué no vamos a tomar algo y, entretanto, pensamos en el próximo proyecto que vamos a fundar,
porque, si fundamos algo sin ánimo de lucro, la caridad siempre estará a nuestro
lado y tendrá abierta la trampilla de alguna alcantarilla por donde podremos
salir por pies, si se pusiera mal la cosa, imitando de este modo a los butroneros cuando
atracaban algún banco. Lo del butrón siempre me pareció bastante romántico.
Todo esto que estoy diciendo quizás quede como el discurso de un cínico, pero
queda demostrado que en la sociedad de hoy lo que triunfa es el puro cinismo, ya
que la grandeza sale de las ruinas, y
hoy, si nos ponemos a mirar el mundo, es un lugar lleno de restos. La foto de cuanto tiramos sonroja a cualquiera. O debería... El paisaje es desolador. Hay hasta una silla en medio de unos
arrozales, quizás buscando el silencio y la sombra. Pero esto no lo sacan los periódicos porque,
sentados en esa silla, no se levita ni se asciende a los cielos. Se asciende
mirando la catedral por fuera y por dentro, y sin preguntar lo que ha costado.
Lo de las alturas siempre estuvo por las nubes con unos precios prohibitivos.


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