EL PALCO


 

 

“A los pies de usted, marquesa”, dice el aposentador. La marquesa toma asiento y espera que llegue su marido, que se ha detenido en uno de los pasillos. Saca los binoculares y comienza el rastreo,  buscando rostros conocidos. Un palco es una entrada carísima, cuando no un abono, para evitar ver el espectáculo desde el paraíso, conocido despectivamente como el gallinero. Antes de entrar en el compartimento y asomarse al balcón, las burguesías tratan de socializar  en el foyer  o vestíbulo bajo las lámparas, en tanto que los varones trenzan negocios subterráneos en los lavabos en el tiempo que dura la micción. Del frac y el negro de los señores, al vestido a rayas de las damas. La raya le otorga majestuosidad a la velada y siempre se distingue en la sabana, porque cerca de una cebra siempre hay algún rinoceronte. El encanto femenino en los ojos y en el escote, que coge contenido y significado cuando le llamamos pechera, que es por donde bajan los ríos de las montañas y la gota de sudor desde la frente. La piel iluminada y la boca sensual, inimitable. Un prestamista, una viuda y una aristócrata rancia. Cada palco tiene una selección de lo mejorcito de la sociedad.  Unas veces suena la música y otras se pone en escena El Tenorio, con el apuntador metido dentro de la “concha”, que no cesa de susurrarles a los actores líneas o indicaciones. Cuando el acto tiene lugar al aire libre, procuramos buscar un palco a la sombra, donde siempre aparece Felipe Benítez Reyes con sus escritos taurinos, más otros 46 títulos nobiliarios, entre los que se cuelan banqueros, empresarios y “celebrities”. También alguna millonaria desconocida. Son palcos del poder en los que se trata de aparentar. No les interesa lo que sucede en el escenario o en el ruedo. De vez en cuando, suele aparecer alguna que otra señora moviendo sus caderas brillantes, exhibiendo su charme, y algo de bisutería, por si la atracan.  En estos palcos hay un eslogan: cuidar a las vanidades con delicadeza. Son palcos llenos de susurros y de chismes, pero sin fotos. Sitios en los que hay que estar para que no te den de baja. Si faltas, no existes. Combinan la cultura con la frivolidad y el cóctel con el abanico. De lo antiguo se pasa al champán y de ahí a otros ámbitos: de los nuevos inversores a las reinas del cuché en caída libre; y de los alter egos de muchos VIP a algunos representantes de la sabiduría, que también beben y comen y alternan. Entre ellos, hay quienes llevan un diario de estas citas y hacen unas crónicas muy sutiles y afinadas.

La sombra del poder es alargada y los nuevos ricos denuncian oscurantismo. Los grandes de España muestran su querencia  y el pueblo sus aficiones. Son pinceladas de la realidad. Sombras y duelos entre la casta y las influencias. El teatro de siempre, tan antiguo, que suele terminar en un esperpento. Entradas agotadas y discreción,  más ese puñado de secretos que solo conocen los cronistas de las élites. Trapos sucios a remojo y la prensa del chismorreo al tanto de las infidelidades. Pero nadie le llama a las cosas por su nombre. Hay periodistas que tienen pulso y olfato, pero no quieren arriesgarse y poner la información en bandeja. La bandeja se usa para las copas y los canapés, tras el concierto. Nobleza obliga (sin coma de por medio).

Entre palcos  y salones nadan muchos personajillos variopintos como peces extraños. Las costumbres y la vida con sus bondades aparecen en el repertorio del refinamiento de la sociedad. Cada día, los caricaturistas le echan un pulso al destino. Las crónicas pasan de puntillas por la reputación de los sillones, resguardándose de la actualidad, que sigue sin recuperar su voz y ha dejado de hablar de la condición humana,  dedicándole el tiempo a las fechas, estrenos  y fiestas. Luego, contrata a unos plumillas para que las cuenten. No se habla de elegancia, sino de flores de plástico, frivolidades y de la vida como un reality. Grandezas y títulos, y una radiografía del poder. Lejos quedan los aristócratas del barrio que cazan ratones y le prenden al cigarrillo con una cerilla fosforescente. Chantajistas y tartufos que viven su vie and rose sin guion, con la mirada caída y la risa desvaneciéndose en sus labios. Son retratos sin adornos,  lejos de los círculos donde se forjaron las grandes fortunas. No era la forja de un rebelde, como la novela  homónima de Arturo Barea, sino la forja de las oligarquías, que diría Sánchez Soler.

Huracán festivo y palcos cotizadísimos. Impresionismo de Renoir, una obra de 1874 que no encontró comprador, por lo que el autor tuvo que ofrecérsela al marchante Le Pére Martin por 425 francos, que era  la cantidad que necesitaba para pagar el alquiler que debía. Óleos y recursos, una escena de la vida cotidiana, a veces tan injusta, en la que plasma uno de esos ambientes de la vida parisina  por donde se dejaba ver la burguesía.

 

 

 


 

 

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