No
hablamos de relojes; hablamos de personas. Cada individuo alberga una compleja
red de identidades. No hay nadie que sea solo una cosa. Eso anularía la riqueza
humana. Cada uno puede ser lo que quiera: desde un tiburón a un cóndor. Si
lo prefiere, ese alguien puede ser un bicho, cualquier bicho; o un objeto:
grande o chico. O quizás un bolígrafo. Un Bic, por ejemplo. Bic naranja,
escribe fino; Bic cristal, escribe normal. Dos escrituras a elegir: Bic, Bic,
Bic. Podemos ser una cosa o muchas cosas. Ir de la contradicción a la debilidad
y ocultar lo que somos. Tú, yo, él…, todos. No tenemos una sola identidad, sino muchas. Empieza por un proceso y termina en un resultado: que nadie nos conozca. Así que,
bien pensado, lo mejor es "no ser nadie", porque "no ser nadie" ayuda a ser muchas
cosas. Heráclito decía que “nadie entra dos veces en el mismo río”. Todo es
gerundio. Después…, minutos después…, ya nada es igual. Todo ha cambiado. Mañana,
es otro tiempo. Mañana tú no serás tú y el agua del río no será la misma; será
otra. El viento tampoco será igual que el de ayer. La vida es movimiento: Panta rhei (ᴨάντα ρεϊ: todo fluye). Y aquello que no recuerdo, no existe, así lo aseguraba la actriz mexicana María Félix.
La
identidad es fragmentación, pluralidad, diversidad. Tenemos tantas capas como una
cebolla. También tenemos pasado y presente. El futuro, lo añadimos al currículo sobre la marcha. Fuimos, somos y seremos. Esto me trae a
la memoria el cuento de Jorge Luis
Borges Las ruinas circulares,
publicado en 1940, en el que un hombre gris intenta crear otro hombre a través
del sueño. Ser otro dentro de uno mismo. O ser muchos en uno solo: pensemos en
una matrioska. O qué decir de un
cuento con estructura de “caja china”: un cuento dentro de otro
cuento…, y así sucesivamente. Para
Pessoa el “yo” no era una unidad fija, sino un escenario fluido y cambiante.
Cada persona es un ser plural, un conjunto de almas habitando un cuerpo.
Somos un mosaico de estilos, de viñetas autobiográficas,
trozos de muchos otros, parte y sombra de lo que aquellos fueron, réplicas de otros
corazones, capas y capas de pintura, pieles..., tiempo y memoria, la maquinaria perfecta (por cierto, siempre a pleno rendimiento), y con un
interior lleno de interiores, de rincones por donde pululan los sueños,
las ideas... El “yo” son muchas voces, muchas miradas,
muchas respuestas a una sola pregunta, una temperatura para muchas luchas, una
imaginación para muchos mundos, una vez que hemos decidido abandonar este otro, que no
funciona. De todas las cosas pasamos a
una cosa sola; de alguien, pasamos a la nada. Pero nadie no es uno, sino muchos. Ese es uno de los problemas de esta
sociedad narcisista: el del “yo” soy “yo” y nadie más, como dice Ángel Luis
Fernández Recuero. “Una sociedad en la que todos escriben, pintan, crean…, pero
pocos leen, porque para muchos leer supone renunciar a ese “yo” ególatra".
Siguiendo esa línea, afirma: -" El que escribe, no lo hace para decir algo, sino para
exhibirse. El problema no es que todos escriban; el problema es que nadie lea”.
Nosotros
y nuestro heterónimo, nuestra identidad,
nuestro estilo, nuestro universo. Y podemos seguir: nuestro aliado, nuestro socio…, el partner…, uno
y otros, todos, a los que podríamos llamar
nuestros personajes, una forma de ser, o de hacer, y por los que no
dudaríamos en hacemos pasar. Es la
crisis del sujeto, que empezó entre el siglo XIX y el XX, y que quedó patente en aquellos dramas de personajes donde se interponían reflexiones, pareceres, complejos
entramados y enfoques estéticos. Una crisis que sirvió para enriquecer cualquier
creación multiplicando las voces, a lo que ahora hemos convenido en llamar las máscaras. Y todo
eso le daba riqueza a las obras. Es sabido que el heterónimo de don Antonio Machado era Juan de Mairena, su otro
yo.
Cuando
la realidad no es suficiente, nos refugiamos en el ser. Pero a Pessoa el ser se
le quedaba pequeño. Necesitaba ser otro. Llegado el momento, afirma: -“Siento que vivo
vidas ajenas…, como si mi ser participase de todos los hombres…”. Tenía tantas vidas dentro…, que a todas
quería darles voz. A lo largo de su
vida, llegó a crear unos setenta heterónimos. La diferencia con un simple seudónimo,
es que cada uno de ellos tenía su ideología, su estilo y su carta astral. Los
cuatro más importantes fueron: Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y
Bernardo Soares. Uno de ellos, Bernardo
Soares, decía: “Nacimos en plena angustia
moral, en pleno desasosiego político. Dame más vino, porque la vida no es nada”.


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