Los periódicos
siempre invitaron a mucha gente inquieta a darse un garbeo por la actualidad de
España e informarse de los detalles que imprimían los rotativos cuando lo de la
lectura se servía en bandeja de plata o solo era posible para cuatro
intelectuales desocupados. El periodismo ejercitó a muchos ciudadanos en el
arte de ojear y de estar al día de la actualidad, porque aquellos periodistas
de entonces eran escritores emocionales que utilizaban la herramienta de la
escritura para que siguiéramos viviendo en paz y no pegándonos tiros todos los
días. Eran unos románticos.
Antes se solía leer
en los cafés y algunos camareros te aconsejaban la columna del día que les
había parecido más interesante, además de decirnos el nombre del periódico.
Hoy, entre los amaneceres silenciosos y la dieta, la publicidad, las
televisiones y las redes sociales, el gentío ha ido perfilando su locura
dejando los balcones abiertos, por los que no ha entrado la esperanza, sino el
fracaso. Hemos fracasado como seres humanos y ese muñeco ha caído por el
acantilado como cae una colilla al suelo. Ya no nos miramos cuando andamos por
las calles, ni nos saludamos, ni nos detenemos ante la belleza, ni nos paramos
ante un mendigo, ni nos preocupa si duermen
los pajarillos cuando los asustamos con nuestras raves o con las orgías del ruido,
las tómbolas de las muñecas chochonas
o con los quad atravesando las calles
como elefantes corriendo por la sabana, cuando no cruzando los pinares a tumba
abierta y levantando el sotobosque, espantando a las cochinillas, las
lombrices, los topillos…, otra insensatez que convierte al hombre en un susurro
de la naturaleza.
Rafael huele a sabio. Es educado y presumido. Se crio bajo la bóveda de este cielo gris, en plena posguerra. Este paisaje para él es más que conocido. Conoce cada rincón, cada expresión, cada mirada. Hay quienes todavía miran con rencor…, y con odio. No se fía ni de su sombra. Sobre todo cuando juega al dominó o a las porras. Hay depredadores silenciosos que meten el dedo hasta en la taza de la manzanilla, aunque se quemen. Son los que van con la máscara todo el día. Solo se la quitan para dormir, una vez que la luz está ya apagada. No los conoce ni su esposa. El casamiento era algo muy parecido a cuando se iba a las ferias de ganado y compraban un asno: sin sentimentalismos, ni ñoñerías o sutilezas. El compromiso no venía a cambiar nada. Era una forma de tener una sirvienta gratis a tiempo completo. Rafael no se esconde, pero no habla con todo el mundo. No quiere irse de la lengua más de la cuenta. Aquello, lo de ese matrimonio, se certificó con unas cuantas “perras” y un apretón de manos entre los suegros. No hubo velas, ni cohetes, ni un beso de refilón para la foto. En realidad, tampoco hubo foto. La primera instantánea se la hicieron cuando nació Julianín, el primer varón que vino al mundo en esta familia, que es algo que se puede construir a partir de una triste cama, dos sillas y una mesa. Ni tan siquiera es necesario oler el género. Da igual cuál sea el ritual o el bodorrio. O el viaje de novios, porque es justo ahí donde termina el breve romance: se cierra la puerta de la casa y cae una losa sobre la femineidad. Cada cual con su papel, bendecido desde las alturas o desde la entrepierna, que es donde empieza todo esto.
Los pueblos guardan
muchas historias con las que se podrían llenar páginas sobre la vida silenciosa
de las mujeres, también de algunos hombres, de sombras olvidadas en las
despensas o bajo el hueco de la escalera, más allá de las conciencias, mientras
repicaban las campanas, el sonido eterno, que venía a ser el reclamo para
acudir a la cita con el engaño. La calle es una pasarela y las ventanas
escaparates por donde se asoman los alérgicos a los antibióticos y a la
familia. Calles por donde se arremolina el polvo, cuando llega el viento de
Levante, un viento que empuja a sus habitantes hacia el vacío, aunque mañana
hagan como si no hubiera pasado nada. La noche borra los sucesos, pero no la
derrota definitiva, que llega cuando una sociedad desprecia la educación y la
cultura, y la entierra bajo la lava de esos volcanes que rugen en las entrañas.
Estas cuatro casas han dejado de ser
un pueblo lento y sabio. Cada vecino tiene un móvil en la mano que dispara
contra los demás y contra ellos mismos. Es la pistola de los nuevos tiempos,
que ya lleva la munición dentro. Al anochecer, no hay una invasión de
extraterrestres u ovnis, sino de series, que se meten en las casas sobre las
diez de la noche y hacen el papel que hace la “adormidera” en
nombre del dinero. Ya no hay series radiofónicas, sino series: la vida en
serie, el culebrón, la ristra, el folletín o el folletón, que da cuenta de la
familia y la posee en un cerrar de ojos, y luego no hay quién la encuentre, ni
tumbada en el sofá ni debajo de la alfombra, donde hay alfombra, porque, donde
no hay, se meten debajo de las sillas que vienen de Los Cárpatos, que también
los han destrozado en nombre del dinero, aunque los miembros de esa casa sean
del Greenpeace, porque lo que importa es el nombre, asociarse a un nombre, a
una marca, porque la marca ilumina el rostro como si fuera el fuego de aquella
fragua mitológica o del sol cuando vamos en el descapotable.
Hay veces que me
siento como un ciego o un sordo, porque, por más que le hablo a mi interior, no
me hace ni caso. Necesito que me guíe o me diga qué hacer, si quedarme quieto y
vivir sin fe o volver a lo impersonal, sin compromisos ni horizontes, desprovisto de toda moral. Vuelvo a las dudas,
a la literatura del xvii, evitando
meterme en un banco a pedir un préstamo. El dinero siempre con sus urgencias,
tantas que nos pone en el precipicio.


1 Comentarios
Muy bien!!
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