Alberto Garcimartín anda celebrando su
cumpleaños en las bodegas de su propiedad. Acaba de hacer un brindis ante una
barrica bordelesa de roble francés con 225 litros: “Buen provecho”, le ha
contestado la barrica ante el eructo, tirando de ironía. La barrica le habla
con sinceridad, igual que al vino que tiene dentro, fruto de las cepas viejas
de bobal, que en unos días saldrá para San Diego y traerá divisas, riqueza, y
algo de delirio al ver cómo un pequeño agricultor se ha convertido en un gran
empresario, capaz de conseguir un vino redondo, equilibrado, con el que ya
soñaba su abuelo Esteban. Brinda en soledad, orgulloso de lo que ha conseguido,
de ese vino que no huele a madera, sino a la uva de La Ceja, unas viñas próximas
a la depresión del río, por donde las liebres se pasean sin papeles y los
lagartos ocelados se hinchan de mosquitos verdes, en tanto que el sol va
enverando los racimos con lentitud y sabiduría. Luego, viene la bendición del
bodeguero, con su saber, con la vieja cartilla y las nuevas técnicas…, hasta
que logra una oda maravillosa llena de características sensoriales y de
emociones intensas, porque el vino es poesía embotellada.
La vida es un instante, el tiempo otro, y este pueblo una realidad formada
por un soplo, o por muchos soplos y una sola respiración, que llena los
cristales de vaho. Cuando los vecinos lo borran, tras él aparece la niebla, que
cubre el melodrama diario. La niebla es la exaltación de la tristeza, pero es
tan vieja que, en nada, en cuanto el sol se lo indique, regresará a su hogar y
se hará de nuevo invisible, hasta mañana, que aparecerá posándose sobre la
barba de cuatro campesinos. Armando, subido sobre su caballo, se sale del
camino de tierra y penetra en un pinar como un Rodrigo Díaz de Vivar para
enfrentarse a los pinos quemados por el último incendio. Todo municipio tiene
su héroe, diez siglos después de la Reconquista, pero aquí al único que hay que
recuperar es al campo. Ése es el verdadero desafío. Volver a la naturaleza como
símbolo de vida. Hay que volver a narrar arando los terrenos baldíos y sembrar
jóvenes talentos humanos. La vocación tiene que volver a la juventud y
conseguir que esta ame el campo. Andando el tiempo, habrá un día en que veremos
otra vez esas imágenes llenas de serenidad, con los rayos de la mañana
iluminando el mundo rural. Así lo expresan muchos agricultores en las tertulias
que tienen lugar en las plazas, en los jardines o en los bares. Es un eco a
voces. Los más devotos se lo han pedido en sus ruegos a la Virgen de Loreto.
Mari Merche, con sus ochenta y seis años, se lo ha rogado a la Madre de todos. Y
Martín Panadero, Patán, dice que “el campo necesita labriegos
que sepan bailar una pavana con sus propios pies y distanciarse de los
intermediarios”. Hay que volver a leer la tierra en los surcos de la verdad.
Las casas viejas conservan la arquitectura de los tiempos, del adobe y el
yeso, de las construcciones baratas donde se albergaba la prole, que, en unos
años, llegaría a convertirse en familia numerosa, con muchas necesidades y
pocos recursos. La chica era la última. Delante había cuatro mozos como cuatro
soles. María tenía las manos rojas de lavar la ropa a mano con el agua fría. En
el patio había un pozo para sacar agua para los animales. Las puertas de las
casas se abren para que salga la historia que se vivió en ellas. Sale el drama
y los secretos, los de alcoba y los que había guardados en el baúl, junto a la
puntilla y una caja que contenía unas cuantas monedas isabelinas de la
herencia, a lo que sumar el oro que salía de los bulbos, el legendario azafrán,
que inundaba de olores las estancias. La noche, siempre se hacía larga, a pesar
del cansancio y la mañana traía un despertar sin tiempo. La gente se ha
olvidado de las casas y de los siglos, de aquellos años de los niños jugando en
las calles, del alboroto, de la lozanía y la vitalidad de la juventud, de los
quintos y las muchachas casaderas, de una vida llena de ilusiones, pero con sus
penas, porque todo no era coser y cantar, mientras el puño de la camisa tapaba la
realidad. Y el viento que comenzaba a soplar en las cimas de la Sierra de La
Tagardilla. Se pasaba las mañanas enrabietado. Después, fatigado, se detenía en las tapias del cementerio, sobre la pared que
daba al norte y donde habían sido fusilados los milicianos. La pared era y es la de un cementerio
de gente viva. Es la memoria de la dignidad.
Llega el café, que siempre es bienvenido, aunque esté tibio. El café se
mete en el cuerpo, arranca los motores y pasa revista. Encendemos el flexo y
apagamos la oscuridad de la noche. Mientras desayunamos, nos vamos poniendo al
día, en tanto que llenamos el tazón de avena o de desescombros, ya que la noche
ha traído mucho material de derribo entre sus páginas. La noche ha sido
movidita. Y ahora, con el café de la mañana, intentamos recuperar el optimismo,
que siempre es un invitado de excepción, de tal manera que en seguida comenzamos
a tutear a nuestros semejantes. Entra el tinto arábigo y sale la palabra, las
ganas de comunicarnos con los demás, sin detalles. Preguntas que se hacen por
saber y respuestas que se dan de manera automática, sin esfuerzo, sin poner el
mínimo interés… En los cafés no hay diálogos, sino discursos fáciles y huecos
por donde se escapa la verdad y entra la diplomacia, el buenismo, mientras la lengua dispara como una ametralladora y la
mente se pone a contar los tiros. Con la primera pregunta del primer sorbo de
café, intentamos anular al otro, no sea que traiga en sus alforjas mentales,
tan manipulables, toda una enciclopedia de las noticias frescas. Lo mejor es
hacerse el distraído.
La tranquilidad es una bandera que pone en pie a los vecinos, que a pasear
por los alrededores buscando cada cual su particular mundo.. Añoran el mundo
que no han vivido. La rutina ha roto muchos sueños. La vida se ha puesto
blanda, la luna sale cuando le parece, las nubes se levantan, que sí…, que no…,
y las noches le han confiado su alma al
diablo. La noche convierte en príncipes a los que callejean por el pueblo y en
doncellas a las mozas. Comienza el baile y, una de las doncellas, baila con un
príncipe. Es Blancanieves. De pronto, una calabaza se transforma en una carroza
imperial, los perros en caballos y, los ratoncillos llegados de las alcantarillas,
en pajes. El hechizo está servido. La magia comienza a funcionar. Solo durará
unas horas, las suficientes para que el amor haga su efecto. Nada es eterno,
pero hay momentos en la vida que son inolvidables. A veces pensamos que merece
la pena vivir solo por esos momentos. Y estos han llegado. Un pueblo como éste,
de los 8132 que tiene España, se ha vestido de gala para celebrar sus fiestas. Están
todos de celebraciones, incluidos los gavilanes de la torre y el autillo de la
plaza de la iglesia. En el ambiente, sobrevuelan las mejores intenciones, los
mejores deseos. Y la vida sigue sin tener remedio.


1 Comentarios
Muy bonito!!!
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